PORQUE?
¿Por qué algunos lloran mirando una película?
¿Por qué nos conmovemos al ver el abrazo entre un
padre y su hijo?
Las lágrimas, sin permiso, nos brotan cuando escuchamos
a alguien
diciéndole a otro: Te Amo.
Hoy me sucedió algo parecido. Estaba mirando
una película
ya empezada con una amiga y en una de esas escenas el protagonista
le dice a su hijo: “Estoy muy orgulloso de ti, y sé
que tu madre
también” En esa simple escena sus ojos se llenaron
de lágrimas.
La miré y le dije: “Deja de ser llorona que me vas
a hacer llorar a mí”
Luego en un descuido y sin querer... queriendo “pensé”:
“¿Llorará porque nunca se lo dijeron y desearía
alguna vez
escucharlo, no de un extraño sino del que es carne de su
carne
y sangre de su sangre?”
¡Jesús Te Ama..., pero a veces no
alcanza, ¿no?!
Lo que queremos es un abrazo, la compañía
en silencio,
la mirada que nos diga que está todo bien, que se acuesten
a
nuestro lado y no pregunten nada, la oración no escondida
sino la que nos resguarda dándonos la seguridad de que
nunca nos dejaron.
Quisiéramos escuchar esa voz que nos apaña en el llanto
diciendo: “Le hace bien a tu corazón llorar”
“Algunos pasamos la vida mendigando brazos,
otros despreciamos la sobrante que tenemos”.
Que importante que es el trabajo de los padres
en las vidas
de los hijos, tan importante que hasta pueden no darse cuenta,
pero seguro que no lo hacen a propósito.
Y te estoy diciendo algo que todavía yo no he experimentado,
porque no soy padre o madre, pero si soy hija, y seguro
que vos también. Pero a otros ya les ha tocado
el maravilloso arte de ser Padres.
Papá, Mamá quiero decirte que sos
igual que un escultor,
o un artista. Lo que quiero preguntarte es:
¿Qué estás haciendo con tu obra de arte?
Y hasta un poco más duro:
¿Estás haciendo una obra de arte o un desastre?
No solamente es orar por tu hijo, es orar con tu
hijo.
No solamente es repetirle una y otra vez
las promesas de Dios, al punto de que se canse,
es enamorarlo de Él con tu andar diario.
No solamente es prohibirle las cosas,
es caminar con él en lo prohibido para que cuando se lastime
o se queme te tenga a ti con las vendas y la medicina,
y no lo encuentres mendigando brazos
o llorando en hombros ajenos.
Para todos nosotros, después de años,
ya crecidos y con los ojos bien abiertos, fue y es una bendición
ser hijos de ministros.
Pero quiero decirte... perdón... queremos
decirte:
“No ha sido fácil”.
Hemos pagado el precio desde recién nacidos,
aun sin entender lo que esto significaba o lo que era
"la presencia".
Nos hemos sujetado a normas aburridas y tan pesadas
que ni los que las impusieron podrían sobrellevarlas.
Fuimos y seguimos intentando ser el ejemplo,
una carga que no pedimos pero que viene con la herencia.
Hablamos en lenguas desde que tenemos 11 años,
otros desde menos.
Crecimos y maduramos antes que nuestros compañeros
del colegio y amigos de la iglesia.
Nos quejamos y gritamos.
Lloramos y nos enojamos.
Nos mordimos los labios y sangramos,
y de seguro a nuestros padres eso no les hacia bien.
Quizá hasta se han preguntado:
“¿En qué fallamos?” Y yo te voy a decir
cuál,
según mi pensamiento, es la falla.
Pensaron que éramos Superman
o la Mujer Maravilla,
y al igual que nosotros se equivocaron;
porque nosotros también pensábamos que eran invencibles.
Hoy, ya con 24 años, para mi alivio,
veo que Papá y Mamá son de carne y hueso...
Igual que Yo...
La carga es más ligera cuando viene envuelta
en besos y abrazos.
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